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PRIMEROS Y ULTIMOS
Dr. Jorge L. Blidner
Especialista en Psiquiatría Infantil
Servicio de Psicopatología Hospital de Niños RIcardo Gutiérrez de Buenos Aires
 

Un hecho llamativo en el medio social es el deseo de construir supuestos problemas de conducta de los hijos a partir de su posición en la familia por orden de nacimiento.

Se ha agudizado esta creencia al punto de sindicar de conflictivo y traumático al primogénito por ser primero, a los “benjamines” por ser los últimos y a los hijos del medio por eso mismo.

Las consecuencias son tragicómicas quedando todos los niños rotulados sistemáticamente (“no se salva nadie”).

Bajo este presunto chiste se encuentra en juego la calidad y cantidad de vínculos entre padres e hijos y entre hermanos. Reducir la riqueza del contacto fraterno a un simple lugar en una escala temporal, es perderse la mejor parte de la vida cotidiana de los hijos.

Siempre se ha pensado en el enfrentamiento y la rivalidad como el vínculo fundamental entre dos hijos de la misma familia (“los hijos nacen enemigos”... Baudin). El mito bíblico de Caín confirma esta creencia. De esta idea muy discutible, surgen conductas paternas destinadas a reducir o amortiguar el supuesto odio fraterno. Increíbles esfuerzos se producen por parte de los padres para ser absolutamente equitativos y justos en el presunto “reparto de amor”. Su imaginaria balanza familiar trata de equilibrar varios platillos al mismo tiempo, en una homeostasis tan precaria ,que nunca se consigue.

Se cruza aquí la idea de la absoluta igualdad de todos los hijos frente a sus padres. Desde el derecho esta ponencia es correcta, pero la realidad indica lo opuesto. Nada más distinto que dos hermanos. Las diferencias históricas mínimas se convierten por el crecimiento y desarrollo en grandes y progresivos contrastes. Por ello, cada hijo necesita en distintos momentos distintas respuestas.

Los padres depositan en cada hijo sus propias vivencias infantiles y reeditan su propia historia, con todo el deseo de corregirla y mejorarla. Aquí aparecen situaciones como “mejor que tenga un hermano, así no se siente solo como me sentía yo... “. Es difícil para un padre aceptar lo distinto que es su hijo de él mismo.

Es necesario analizar la imagen del amor paterno basada en el derecho de propiedad como una torta a distribuir con límites precisos. Pero los sentimientos humanos carecen de fronteras estrictas y cada hijo despierta una nueva fuente de cariño distinta de todas las demás.

El temor al “agotamiento del amor” es una impresión subjetiva anclada en la duda y la culpa de no ser un “padre perfecto”.

La principal preocupación de los padres es el evitar las peleas y discusiones entre sus hijos. Paradójicamente para llevar esta finalidad hasta su última instancia terminan peleando y discutiendo entre sí y con los chicos. Los niños “pescan al vuelo” esta situación y la utilizan como su arma favorita (“vos no me querés...!” “a él lo querés más, porque es más ........!”). Los chicos pueden provocar enfrentamientos con sus hermanos para darse el gusto (y el poder) detener a sus padres arrinconados contra su propia culpa.

La presencia de los celos fraternos puede tener fundamento o no, pero no lo necesita. Los modelos de relación de los niños para con sus hermanos son los arquetipos del vínculo madre – hijo o madre – padre.

Calcar estos modelos es lo habitual. En el contacto entre hermanos, los padres tienen un espejo donde mirar sus propias conductas actuales o pasadas. No siempre el espejo devuelve una imagen clara y aceptable, provocando el rechazo de los adultos y su lucha por suprimir lo indeseable. La preferencias paternas siempre se vuelcan sobre el hijo más identificado con sus deseos.

Es evidente la influencia de situaciones multiplicadoras de la problemática normal descripta. Reales preferencias de los padres, división y reparto de un hijo para cada adulto, el maltrato, la indiferencia y las crisis familiares potencian cualquier enfrentamiento fraterno – filial.

En síntesis, la lucha de los hermanos por ser distintos entre sí los enfrenta con el deseo y preferencias de sus padres.

El lugar de cada hijo en su familia no está dado por el orden de nacimiento. Sólo la historia particular de su núcleo le dará un basamento específico donde tallar activamente sus vínculos con sus padres y hermanos.

Su rivalidad irá pareja con sus deseos de compartir, y su ambivalencia de amor y odio por sus hermanos siempre existirán, como en toda relación humana.

Cabe agregar un capítulo para los hijos únicos y los niños de familias numerosas. Aquí la propiedad a estudiar es cuantitativa: tener un hijo o muchos.

Más allá del absoluto derecho de los padres a decidir el número de hijos, existe una imaginería muy particular sobre el tema.

Las opiniones escuchadas jerarquizan la problemática del hijo único en:

• La exigencia hacia el niño de cumplir con todos lo deseos paternos, constituyendo el único blanco de las demandas de los adultos
• La soledad o la falta de compañía.

En cambio, sobre los chicos de familia numerosa se insiste en el semi abandono que padecen por falta de posibilidades materiales y temporales de los padres.

Tomando el primer caso de un niño solo en la familia, es de señalar como la supuesta soledad de ese hijo puede verse compensada por una actividad social intensa. El estímulo de los adultos lo hace más permeable a identificarse precozmente con ellos en su habla y sus ideas, pero es función de los padres el preservar esa niñez. Las exigencias patenas se cierran o abren en uno o varios hijos, y no tienen porqué ser mayores en un hijo único. El punto central son las razones de la existencia de un solo hijo. Es muy distinta la elección por razones económicas (“no quisimos”) de la causalidad centrada en alguna enfermedad parental post primogénito (“no pudimos”).

La resignificación dada por el niño a este hecho es totalmente diferente en ambos casos, y está fundada en el sentido otorgado por sus mayores.

En los niños de familia numerosa se observan otros fenómenos.

El presunto abandono o falta paterna es compensado por la estimulación y presencia de los hermanos mayores. Existe una tendencia a la independencia precoz y a la solidaridad mutua, siempre y cuando el medio ambiente lo permita. Cuando se hace hincapié en los trastorno de los niños de familia numerosa, generalmente se omite informar la clase social de pertenencia.

Los problemas psicosociales antes descriptos como la hipoestimulación, son engendrados por la miseria antes que por el número de hijos.

En resumen, los trastornos acarreados por un número determinado de hijos forman parte de las posibilidades vitales de una familia, pero no puede predecirse o rotularse a un hijo a través de una cifra matemática

Especialista en Psiquiatría Infantil
Servicio de Psicopatología Hospital de Niños RIcardo Gutiérrez de Buenos Aires
 
 

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Inicio: 1/3/01. Ultima Actualización: 15/04/ 2008
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