Jerónimo Salguero 2835 Piso 1° Buenos Aires - Argentina (5411) 4806-1350
PAIDEIA: WEB DE MEDICINA AMBULATORIA PARA EL NIÑO Y EL ADOLESCENTE

Inicio
Paideia Index Página Principal
Institucional
Quienes somos Quiénes Somos
Staff Paideia Staff
Información
Información a padres A Padres
Staff Paideia A Médicos
Staff Paideia Obras Sociales
Staff Paideia Novedades
Especialidades
Staff Paideia Clínicas
Staff Paideia Quirúrgicas
Utilidades
Staff Paideia Teléfonos Utiles
Staff Paideia Buscadores

Staff Paideia Links

Los Chicos

Staff Paideia Fotos y dibujos

Contáctenos
Staff Paideia E-mail
Staff Paideia Agradecimientos
 
Nosotros subscribimos Los Principios del código HON de la Fundación Salud en la Red
 
WMC
Web acreditada en Webs Médicas de Calidad
 
INFORMACIÓN PARA PADRES
 
SE MURIO EL ABUELO
Dr. Jorge L. Blidner
Especialista en Psiquiatría Infantil
Servicio de Psicopatología Hospital de Niños RIcardo Gutiérrez de Buenos Aires
 

La particular duración del ciclo vital, determina la posibilidad del contacto con la muerte en el curso de la vida de un niño a través del fallecimiento de un pariente cercano.

Los abuelos son las personas más expuestas por su edad y problemática específica. El manejo de esta especial situación requiere un breve enfoque previo sobre la evolución de la idea de muerte en un niño.

El concepto principal está dado por la imposibilidad del ser humano de tener una representación psíquica de su propia muerte. No es posible imaginar lo que nunca sucedió. Pero la muerte de parientes, amigos o personas cercanas y queridas ofrece un substituto destinado a llenar ese hueco.

Un chico tiene sus propias ideas sobre este tema. Para un hijo pequeño, la muerte tiene su equivalente en la fantasía de ser abandonado por sus padres o la pérdida de su amor. En otras palabras, la posibilidad del pasaje a la realidad de estos hechos imaginarios despierta ansiedad y angustia pues representan lo peor que podría pasarle.

En cambio un chico de 4 a 6 años la síntesis de todo el mal posible es temor al daño corporal. Para el niño en edad preescolar rige la fantasía de inmortalidad propia y de los padres (“somos eternos...”).

La muerte a esa edad es comprensible y codificable sólo como un homicidio (“nadie muere porque sí, sino porque otro lo ha matado...”) con características de reversibilidad (“lo mataron pero nacerá de vuelta...”).

Luego de los 4 años aparece la curiosidad enganchada con el tema de la preocupación por la concepción y el nacimiento, o sea, el cómo empieza y cómo termina su vida el ser humano. A partir de los 7 años empieza a surgir el concepto de finitud (“la vida termina en algún momento...”) opuesto al de eternidad, consolidándose definitivamente en la adolescencia.

El accedo a la idea de muerte se realiza progresivamente, mediatizado por las creencias familiares y la cultura del medio. Las religiones ofrecen diversas reinterpretaciones, pero nunca niegan el hecho central del final de la vida, aún al defender la idea de la resurrección o la reencarnación. Nadie discute la existencia de la muerte, el punto crítico es su estatuto y lugar. El manejo social en la cultura urbana occidental utiliza de preferencia la negación, ejemplificada en el disgusto frente a la sola mención del tema. Estas palabras llevan a considerar el manejo familiar frente a un hijo en esta cuestión tan espinosa.

Negar la muerte de un familiar, y mentir sobre su supuesta partida (“se fue de viaje...”) es considerar al hijo como de muy pocas luces.

Cualquier chico se da cuenta del llanto, la angustia, las ausencias, las conversaciones a escondidas. Si no recibe información tranquilizadora puede magnificar lo sucedido hasta convertirlo en un hecho desproporcionado y terrorífico. Creemos necesario insistir en la calidad de la información.

Sus características han de ser:

  • La adaptación al nivel evolutivo del niño
  • La formulación a cargo del adulto menos comprometido afectivamente en un momento de calma y quietud.
  • El respeto a la idea de finitud (no se discute la creencia en otra vida, sólo se afirma la terminación de ésta vida
  • La aceptación del deseo del hijo de participar o no en los rituales funerario (salvo expresa contraindicación médica).

En un niño pequeño en edad preescolar la idea central en la información es la ausencia del fallecido en forma de un hecho definitivo (“no va a estar más con nosotros...).

La curiosidad del hijo surge en el momento o mucho tiempo después: (“por que se murió?...”) Las reacciones esperables van desde compartir el llanto familiar hasta la aparente indiferencia, pero una escucha atenta permite descubrir en los juegos posteriores la aparición de escenas donde la muerte se hace presente (“se enfermó la muñeca...”)

Ciertos temores infantiles pueden verse reforzados como el temor a la muerte de los padres o la angustia frente a las heridas mínimas cotidianas. Los trastornos del sueño se presentan a través del insomnio, las pesadillas (“los fantasmas...”), o el intento del colecho con los padres.

La elaboración de la muerte de un familiar cercano es difícil para los adultos, por lo tanto no corresponde exigir en los niños una entereza imposible de mantener.

Un capítulo especial son las nociones sobre el destino de los muertos.

En otras palabras: ¿donde están los que no están?. Las opciones para el niño son muchas, pero se ciñen a dos ideas principales: el cementerio y el cielo. El cementerio es un lugar concreto y real, donde los niños imaginan que viven los muertes. Pero en un tumba sólo están los restos de una persona, no vive dicha persona. El abuelo vivirá en los recuerdos y en la memoria, en las fotos y en las anécdotas. La visita a un cementerio es un hecho a sopesar cuidadosamente. Es imprescindible la información previa sobre su estructura y el porqué de la visita.

Participar en un momento de duelo familiar descontrolado no es lo más aconsejable, a pesar del posible deseo del niño de compartir la situación.

Considerar una tumba como un lugar de terror no ayuda a la elaboración de un nieto del duelo por su abuelo, necesitándose la desmitificación del cementerio del equivalente de horror.

Los temores al retorno de los muertos (“los fantasmas”) pueden evitarse puntualizando la no existencia de los difuntos como durmiendo en sus sepulturas (“si está durmiendo, pueden despertarse...”)

En cambio el cielo, es un tema a primera vista más agradable y hasta deseable. Pero debe quedar claro para el niño el estatuto del cielo como una metáfora, donde se sintetizan los concpetos de “otro lugar” fuera de la vista y el alcance humanos en esta vida.

Es común en los niños el imaginar el cielo como el último piso de un gran edificio de departamento, donde se puede subir y bajar cundo el chico lo desee.

Se refuerza el miedo al retorno de los muertos (“¿y si bajan?...) y el interés de acceder al cielo como un paseo. EL remarcar la imposibilidad de llegar al cielo en esta vida ayuda a evitar situaciones riesgosas de búsqueda de la muerte como el acceso a un paraíso venturoso.

La orientación del pediatra es un elemento a tener en cuenta en el seguimiento del duelo familiar y sus consecuencias sobre los hijos

 
Especialista en Psiquiatría Infantil
Servicio de Psicopatología Hospital de Niños RIcardo Gutiérrez de Buenos Aires
 

Los servicios e información contenidos en nuestro sitio Web, se brindan bajo las siguientes condiciones

Inicio: 1/3/01. Ultima Actualización: 15/04/ 2008
Webmaster: Fernando Rettazzini